domingo, 13 de noviembre de 2016

Los dueños eran indios y los que atendían, criollos mestizos.

HEBE UHART
(Moreno, Buenos Aires, Argentina, 1936)


“¿Por qué se me ocurrió escribir sobre las comunidades indígenas en sus distintos contextos? Cuando tengo una inclinación, primero la sigo y después me pregunto por qué. En este libro cuento la visita a los wichis y a los quom, una inolvidable charla con don Haroldo Coliqueo, descendiente del gran cacique Ignacio Coliqueo. Visité Otavalo, Ecuador, donde los indios se han enriquecido y han desplazado a los mestizos del centro de la ciudad. En mis viajes reforcé mi creencia de que este mundo está hecho de mezcla y en todas las etnias que visité encontré lo antiguo mezclado con lo actual. En definitiva, quise saber más de aquellos que, teniendo en cuenta a la mayoría de los países de América Latina, forman más de la mitad de la población.”
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 En Lima conocí indios aculturados de la selva peruana, de Pucallpa, también a una criolla casada
con un indio de la selva- un indio previamente pasado por los pastores, ¿viste que los pastores van a misionar y eso? Estaba todo de lo más bien. Me llevaron a un pueblo joven, ellos llaman “pueblo joven” a una villa miseria. Había una artesana buenísima que venía de la selva y hacía unas cosas hermosas: collares, pulseras. También anduve en Ecuador, donde viven los otavalo, que están ricos. Hay comunidades que están ricas. Se avivaron, en lugar de pedir tierra aprendieron a exportar.
El mestizaje, lo que traen, lo que tienen, hay un montón de cosas en todas las comunidades.
(...)
Hice una visita a Los Toldos. A cuatro horas de acá hay todos descendientes del Cacique
Coliqueo. Cerca de Junín. Y viajo sola y en este caso me tomé un micro. En Los Toldos me atendió Don Haroldo Coliqueo, fundador de la primera clínica del lugar. En ese pueblo se llaman todos Coliqueo. Calle Coliqueo, veterinaria Coliqueo… 
Como los Buendía de Macondo…
Sí, ¡son todos Coliqueo! Ellos se aculturaron en 1870, porque en la provincia de Buenos Aires lograron acorralarlos mucho. No sucedió igual en el sur, con los mapuches, porque rajaban
a Chile por la cordillera. Acá, en la provincia de Buenos Aires, los acorralaban porque estaban a cuatro horas de la capital. Y el bisabuelo de Don Haroldo, antes de morir, pidió que sus descendientes se acristianaran y fueran a la escuela. Y los descendientes cumplieron. El hijo de Don Ignacio
Coliqueo, está lanza en el suelo en la foto de que vi. Este Don Haroldo es un médico, es como un médico, nada más que de origen indio. Casado con una criolla. Un Coliqueo más. El veterinario se llama Coliqueo, la calle es Coliqueo, en la plaza hay un busto de Coliqueo. Y yo quería ver a Don Haroldo Coliqueo . En un pueblo chico, de diez mil habitantes, le  preguntás a la gente, ¿está Don Haroldo? “No, no está porque el coche no está”, te dicen. Y después, “venga, pase, pase al
livingcito de él”. El lugar era más bien pequeño. Ahí entrás en un hogar médico, Haroldo es el fundador de la primera clínica quirúrgica de Los Toldos. Entonces trabajó mucho por
la historia de la comunidad. Le digo, “Don Haroldo, ¿y la herboristería indígena?”… Me contesta “No, m´ hija – como si estuviera en la historia eso – ahora hay hepatogramas”. Mirá, justo este verano, yo cambié mi televisor por uno de pantalla plana. Yo tenía uno muy antiguo. Y me acordé de Don Haroldo, de cómo está modernizado, tecnologizado. Mirá, ahora me viene a la cabeza que, cuando estuve allá, le pregunté, “Don Haroldo, ¿a usted lo discriminan acá? No, qué van a discriminar, acá somos todos Coliqueos. En La Plata me discriminaron, donde fui a estudiar medicina. Había Pérez, Fernández… “¿y vos cómo te llamas?”, me decían.” Coliqueo“, contestaba. “¿Y de dónde son los Coliqueo?”.
¿Sabés cómo llegué hasta la casa de Don Haroldo? Por el camino, me bajé a fumar en una parada, en un pueblo anterior a Los Toldos, Chacabuco. Yo vi un tipo que tenía en el bolsillo de la camisa una etiqueta que decía “cacique”. Entonces me acerco y le digo: “¿Usted es cacique?” Lo empecé a indagar. “Organizo fiestas”, me dijo. Me dio la impresión de un tipo turbio. Luego lo vi entrando a una oficina, dando vueltas, lo vi raro. Entonces le dije: “Don Haroldo – me inspiró mucha confianza el médico, era muy linda persona- yo vi en Chacabuco un señor así y asá, llevaba en la camisa una etiqueta que decía “cacique”… Y me dijo “¿Y usted qué cree? Acá hay gente como en todos lados. No por ser indio va ser puro ni santo.”
(...)

Hay gente de todo tipo, hasta gente que pide tierras y se queda todo para ellos, cosa que pasa en Azul, con Martha Catriel, donde la comunidad está dividida. Ella es descendiente del cacique Catriel y está casada con un italiano. El hijo es abogado y vive en un country, aquí en Buenos Aires. Ella es logrera, logra para ella. Pide tierras y luego quema la leña, dice que la usa y en realidad la vende.
Yo fui con un escritor de allá y me quiso vender una rifa de un poncho, se la tuve que comprar y no voy a ver nunca ni al resultado de la rifa ni al poncho. Ella es así. Una parte de la comunidad está enojada con ella, claro, la consideran medio corrupta. Yo hablé con esa gente y me dijeron: “no sabe el idioma, es una vaga”. Porque, claro, la gente más empeñosa entre los pampas aprende el idioma, la gente más honesta, la que tiene que ver más con sus raíces. Yo le pregunté a Martha: “¿vos sabés hablar el idioma de tu gente?” Y me dijo: “No, porque si hablábamos en nuestro idioma, nos discriminaban en la escuela.” Una vez les dije a unos de la parte de esa comunidad que odiaban a la Martha Catriel: “Pero ella tiene una tarjeta que dice, ´Martha Catriel, cacique´” Y, con razón, me dijeron: “cualquiera puede hacerse una tarjeta”. Aunque, fíjate: cuando llega el día del indio, la llaman a ella. Los hijos le decían que no fuera. Ella, sin embargo, dijo: “yo me pongo la vincha y ya está… quizá un saquito para el frío“.
Pero bueno, ella es así. En su casa tenía una estufa y en la repisa había un indito y un blanco; era de 1900 la foto. Los dos azorados, el blanco y el indito, por el flash de la foto. Los dos azorados, tomaditos de la mano. “¿Y ellos quiénes son?”, le pregunté a Martha. “Esos son mis tíos bisabuelos”.
“Sí- le digo- el indito, sí. ¿Pero el blanco?” “Hijo de cautivo”, me dice. La historia de este país es… bueno, los peruanos tienen a los incas y los tienen internacionalizados.
Acá es asombrosa la cantidad que hay de personas mezcladas, ¡imaginate a esos dos, hermanados ante el terror! Y lo que habrá sido, yo no hice más que atisbar… Hay tanto para ver. Si vos entrás en un pueblo donde se dan estas mezclas entre indio, criollo y blanco, te quedás dos meses y te sacás una novela. Están todos enfrentados. Yo ya había empezado a atisbar las comunidades en el libro anterior. Ahora, más concretamente, fui a ver a los toba, en el norte. El director de la escuela toba nació en la selva, en el monte. Hasta los 10 años estuvo en el monte. Ahora estudia, es director, tiene un terciario. Lee lo mismo que nosotros: Galeano, Mafalda. El hombre me dijo: “Yo, hasta los diez años, no conocía las malas palabras. Es decir, conocía las palabras tabúes, pero no las malas palabras. Cuando llegó a la ciudad vio que los chicos hablaban mucho pero con poco contenido. Él es un toba lindo, moreno, ¿viste que son todos grandotes? Y a sus diez años no conocía ni los caramelos ni las malas palabras. ¡Si el padre pescaba a arpón!
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Hablo de las comunidades de Perú, de los shipibos, los guajiros… esos son de Colombia, no los fui a ver pero tengo un material excelente. En Ecuador están los otavalos, a esos sí los visité y están riquísimos. Se avivaron, son medio capitalistas, aprendieron a exportar. Es la primera comunidad que está instalada en España. Igual, entre quienes están en Europa están los que tienen papeles y los que no. Los que tienen papeles ganan dinero. Si el hermano mayor no tiene papales y el menor sí, pues el hermano mayor se tiene que sujetar al menor.
El que tiene papeles se puede mover por toda Europa, el que no, tiene que trabajar para el que tiene papeles. Muchos, una vez que consiguen papeles, se van a Tokio, a Dubái. Están muy tecnificados y ricos. Yo estaba en un hotel hermoso, cuatro  estrellas, muy bien tenido: se llamaba “El indio inn”. Los dueños eran indios y los que atendían, criollos mestizos.
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 Yo estaba en el medio de un festival de cine. Les mostraron una película muy buena de
un realizador indígena boliviano, San Jinés. Hablaba sobre Evo. La película habla de por qué Evo no fue ningún milagro. Bolivia tiene luchas desde el siglo XIX donde los baleaban, caían todos y venía más gente para ser baleada. Esa sí es una lucha de poner el cuerpo. Esa película pudo ser oportuna si el contexto era otro, ante los wichí, no: ellos no se pueden levantar. Igual, la inauguración fue emocionante, fue en un pueblo del Chaco, donde había una escuela muy linda, recién inaugurada. Y los asistentes eran 500 o más personas morenas, bien morenas, cantando el himno wichí. Eso me emocionó. Y la abanderada, con sus zapatillas blancas, limpias como una cara de cierta bronca que prometía. Eso era emocionante. Pero después, los cineastas deciden pasar a esa gente traída de otras comunidades en camiones, para hacer la ceremonia de inauguración. Una película de lo que hacían con los indios en el siglo XIX. Cómo los medían, cómo los pesaban. A ver: ese fue un momento de encuentro, de alegría. Al lado, yo tenía un señor wichí que estaba llorando. Si yo soy de una comunidad indígena y vienen los blancos a decirme qué hicieron los abuelos blancos con mis antepasados y te ponen el cajón de una nena cuando la llevaron a Alemania, y dijeron “la cabeza viene de una indiecita paraguaya”… ¡Me dio indignación! Le dije al cineasta que nos entristeció a todos. No me dio decepción, me dio indignación. Y a los mismos wichí que son muy pobres, ¿qué les pasaron?, fotos de los mapuches de la fábrica recuperada de Neuquén. Los wichí no tienen nada, están en medio del campo. Los mapuches tienen fábricas, ¡tienen una labia al hablar!
 Pero lo que quiero decir es que debieron ofrecerles algo que les alegrara la vida, no todo lo contrario. Luego, pasaron a una cantante mapuche, Aimé Painé, con un auto de novela, un chico de novela y un señor que hablaba de las tierras con unas botas preciosas. Ojo, también había gente muy piola.

De aquí para allá, Adriana Hidalgo, 2016.
Fragmentos extraídos del blog elanartista.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char