viernes, 7 de agosto de 2015

Chau

No me acuerdo dónde salió esto que escribí hace un tiempo. Lo comparto

RESEÑA BIGNOZZI
Cuando conocí a Juana Bignozzi (Buenos Aires, 1937-2015), a inicios de los ’70, transmitía la misma imagen que la de quien habla en primera persona en sus primeros libros; especialmente, me refiero a Mujer de cierto orden: rodeada de amigos varones que, a su manera, la consideran amiga y compinche (no tanto una mujer), compañera de militancia y de noches, madrugadas, blancas. Los compañeros de esas noches fueron, entre otros, Juan Gelman, José Luis Mangieri, Alberto Szpunberg, Juan Carlos Portantiero; hombres no tan fuertes como ella, y que junto a Juana marcaron a raya la poesía argentina venidera, sin hablar de la historia de la Argentina venidera.
Altísima, de unos ojos verdes de búho que todavía no podían saber del todo, de una inteligencia y lucidez feroces –sin que esto quitara o disminuyera su coquetería–, he visto a Juana Bignozzi, así como la veo hoy en éste, su último libro publicado. Pero aquí la poeta introduce un tono nunca antes oído en su obra (¿lo esquivaba?) o que quizá no se había atrevido a mostrar: esa primera persona de entonces, la soberbia y altanera, ahora dice cosas como “es un duro paseo mamma y hace mucho frío”; “Tosca hubiera querido ser”; “escribiendo a solas como yo escribía en Saavedra”; o agrega y pide: “un último paseo mamma”; “dejame aquí sentada hasta el final”; o agrega y afirma: “Es mi nombre mi fuego”; “faltan pocos días para mi santo / y creo que heredé su virtud”.
La insoslayable y gélida mirada de búho no se ha debilitado. Persiste porque son más que un leit motiv la lucha, ganar y/o perder una guerra, prevalecer. Sin embargo, algo de ternura y piedad atraviesa esa mirada.
Bignozzi ha crecido y ha superado un estilo que bien podría haberse “quedado” como el de alguno de sus coetáneos –porque quizá con ello bastaba para entrar en el podio de una trascendencia tan segura como viscosa–, pero hay algo semejante a esa “rabia contra la agonía de la luz” de Dylan Thomas que empecina, y la fuerza a dar más, a renovar lo que la autora llamaría municiones de esa guerra.
Ya desde el título, la poeta presenta e inaugura otra sintaxis: “si alguien tiene que ser después”, dice, así como ese complejo primer verso que abre el poemario: “el viento del final del verano tarde en el amanecer”, o busca un ritmo inconcebible, por no habitual; o juega, como siempre, tramposa: “Una poeta compra algún color una ensalada danesa”; cortes de verso o empalmes novísimos en la “retórica Bignozzi”: el dejar pelada y sola una palabra a fin de detenerse a sentir, reflexionar, y que como lectores también nos deja en ese desamparo, en el concepto puro, “como un ramalazo de viento en la alta noche”.
Véase este poema:
SEÑORAS IRREGULARES
velaste a tu amiga tres días con sus noches / a quién vela esta mujer / con la que pasábamos dos domingos al mes/ luego pensé/ nunca había un hombre esos domingos/ a quién velabas velándonos a nosotras mismas/ ¿consagrabas tu aceptación de lo silenciado? / ¿era también en mi nombre?/como siempre tanto ruido entre nosotras / y vos sola sosteniendo toda la escena para ampararme
Así van apareciendo las tres voces con que se plantea la estructura del libro –“La luz de la edad”, la primera; “El retrato moral”, la segunda; y finalmente, la homónima al título–, tres zonas en las que la forma, a medida que se avanza, se anima cada vez más a tocar el vacío.
Bignozzi nos tenía acostumbrados a veces a tomar el hilo con un simple participio, como esos “Rodeada de universos en tragedia ineluctable”, “perdido el primer sentido de la solidaridad / perdida la solidaridad horizontal”, para después mandar la tajante sentencia que cortará casi de cuajo la respiración. En Si alguien tiene que ser después, no sólo demora esa marca sino que se da el lujo de rasar lo explícito como quien habla a solas o toma la palabra en un bar, en una asamblea; grita o murmura de lado lo que no habría que atreverse a decir, ni habría que decir; ni, mucho menos, el cómo habría que escribirlo. Juana hace todo esto con una irreverencia digna de la madurez, y digna de esa energía que sólo provee la juventud, si no la adolescencia, esa que Juan L. Ortiz supo limitar entre la grieta y la euforia.
Bignozzi deja la calma para después. Mientras tanto, nombra a los que ama, a los que no ama; a los que admira y a los que desprecia; a los que todavía están y a los que vendrán de aquí en más; a sus muertos queridos y a una muerte no querida; nombra una fe; atisba un final, y lo borra de un plumazo.
Irene Gruss
Recuadrito o ficha:
Juana Bignozzi (Buenos Aires, 1937-2015) publicó los libros de poesía Los límites (1960), Tierra de nadie (1962), Mujer de cierto orden (1967), Regreso a la patria (1989), Interior con poeta (1994), Partida de las grandes líneas (1996), La ley tu ley (obra reunida, 2000), Quién hubiera sido pintada (2001) y Antología personal (2009). Entre 1974 y 2004 vivió en Barcelona. Si alguien tiene que ser después, Adriana Hidalgo Editora, 2010.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char