domingo, 30 de octubre de 2016

"¡Ah, cómo me gustaría entrar en una manzana!” y todo eso

Francis Ponge
(Francia, 1899-1988)




"¿Qué idea es esa de preguntarle a un poeta lo que quiso decir? ¿No es acaso evidente que si él es el único que no puede explicarlo es porque no puede decirlo de otra manera que como lo ha dicho (y que si no, lo habría dicho de un modo diferente)?" F.P.

El modo de comunicación natural del hombre, pese a todo, es el de las palabras. Tal vez se comenzó por silbar, por llamar o por responder cantando o silbando. Está muy bien para los pájaros. Los hombres hablan. Es un hecho. Hay que ser positivo, ¿no? Los hombres son animales de palabras. Esto no es querer decir que los músicos son pájaros. Pero quiero que se comprenda por qué, cuando se tiene el espíritu un tanto exigente o solamente positivo, cuando se aprecia la dificultad, se escoge más bien la palabra como medio de expresión. ¿Cuál es la consecuencia de esta significación? ¡Es terrible! Es con las palabras que cada día todo el mundo emplea, para de decir “No empujen” (en el metro) o para decir “Páseme la sal” o para decir... Con esas palabras es que tenemos que trabajar, no solamente con esas palabras sino también para decir “tengo miedo”, para decir “¿quiere usted?”, para decir cosas también, ... o tal vez ... mucho más importantes, que pueden pensar los otros animales. 

Pero para expresar nuestra sensibilidad frente al mundo exterior, debemos emplear esas expresiones que están mancilladas por un uso inmemorial, mancilladas y espesadas y vueltas más pesadas, más graves, más difíciles de manejar. 

Supongamos que cada pintor, el más delicado, Matisse, por ejemplo... para pintar sus cuadros no hubiera dispuesto de no más que de un pote de rojo, un gran pote de amarillo, un gran pote de, etc..., este mismo pote en el que todos los pintores desde la Antigüedad (pongamos franceses, si se quiere) y no solo todos los pintores, sino todas las conserjes, todos los trabajadores de obras, todos los campesinos han untado su pincel y pintado luego con eso. Ellos han untado ahí el pincel, y justo que viene Matisse y toma ese azul, toma ese rojo, pringados desde hace, pongamos, siete siglos para el francés. A él le es necesario dar la impresión de colores puros. 

Lo que no deja de ser, de todos modos, una cosa harto difícil. Es un poco como eso que nosotros tenemos que trabajar. Cuando digo que, para expresar nuestra sensibilidad frente al mundo exterior, debemos utilizar ese mundo de palabras, yo pienso, y no sé si me equivoco, y es en eso, creo yo, que no soy místico, y en todo caso pienso que esos dos mundos son estancos, es decir, sin un pasaje que lleve del uno al otro. No se puede pasar. Hay el mundo de los objetos y de los hombres, quienes en su mayor parte son mundos también. Porque ellos remueven el viejo pote, pero no dicen nada. No dicen sino que lugares comunes. Hay, pues, por una parte este mundo exterior, y por otra el mundo del lenguaje, que es un mundo enteramente distinto, enteramente distinto, salvo que existe el diccionario, que, naturalmente, forma parte del mundo exterior. Pero los objetos de ese tipo son de un mundo extraño, distinto del mundo exterior. No se puede pasar del uno al otro. Hace falta que las composiciones que vosotros no podéis hacer sino es con la ayuda de esos sonidos significativos, de esas palabras, de esos verbos, sean acomodados de tal manera que puedan imitar la vida de los objetos del mundo exterior. Imitar, es decir, que ellas sean por lo menos de una complejidad y de una presencia iguales. Un espesor igual. Vosotros comprendéis lo que quiero decir. No se puede enteramente, nada se puede hacer pasar de un mundo al otro, pero para que un texto, cualquiera que sea, pueda tener la pretensión de dar cuenta de un objeto del mundo exterior, hace falta por lo menos que logre, él mismo, la realidad en su propio mundo, en el mundo de los textos, que tenga una realidad en el mundo de los textos, que en él tome un valor de persona, vosotros comprendéis que empleamos esta palabra solamente para los hombres, pero comprendéis lo que quiero decir. Dicho de otro modo, que eso sea un complejo de cualidades tan existente como el objeto presente. 

Me parece muy importante que los artistas se den cuenta de esto. Si ellos creen que pueden pasar muy fácilmente de un mundo al otro, es en ese momento entonces que dicen: “¡Ah, me gustan los caballos!” "¡Ah, cómo me gustaría entrar en una manzana!” y todo eso. No es el asunto. No es cuestión para nada de hacer aquí un texto que se parezca a la manzana, es decir, que tenga tanta realidad como una manzana. Sino en su género. Un texto hecho con palabras. Y no es porque yo diga “me gusta la manzana” que voy a dar cuenta de la manzana. Habré dado mucho más cuenta de ella si hago un texto que posea una realidad en el mundo de los textos, un tanto similar a la realidad de la manzana en el mundo de los objetos”. (...) 

Texto establecido según grabación de una Conferencia improvisada, sin apoyo en un texto redactado, pronunciada en la Techvische Hochschule de Stuttgart, el 12 de julio de 1956.

Fue tomado de Antología crítica, de Francis Ponge, con selección, introducción, traducción y notas de Waldo Rojas, editado por Gog y Magog. 2016. 
***
El jabón
(Fragmentos)

Observemos, pues, el comportamiento del jabón en el fondo de una cantidad de líquido cuando, por olvido o inadvertencia, su dueño lo ha abandonado. Constatamos en seguida que no lo resiste bien, que se deshace casi inmediatamente. Pero casi al mismo tiempo tendremos que constatar que también ahí da muestras de una dignidad bastante particular.
Antes que dejarse rodar por las aguas, como los guijarros, las piedras naturales, el jabón prefiere fundirse instantáneamente. Y ¿por qué tendría que pasarse la vida dejándose sobar unilateralmente por las olas, cuando sabe y tiene conciencia de formar un menage a trois, de formar parte de un trío, y sólo representa su parte a gusto y con brío en esas condiciones?
Y aunque cara a cara con el agua no se interese en la cuestión y se deshaga con una pasividad perfecta, no se presta en absoluto a un juego de empujones, de golpes y porrazos amistosos.

Se pega más bien al fondo y -¿cómo diría yo?- no diré que rinde su alma, pues es su cuerpo entero lo que se dispersa en humaredas perezosas y en regueros fuliginosos, tan lentos para emocionarse como para desaparecer. Todo su cuerpo rinde el alma en humaredas lentas en disiparse. O más bien rinde su cuerpo al mismo tiempo que su alma, y cuando ha rendido el último aliento es cuando desaparece la última huella de su cuerpo.
Lejos, pues, de dejarse sobar por las aguas, prefiere fundirse como acabo de decir. Y no creo que eso pueda dejar a nadie indiferente. No hay ninguna razón para subestimarlo. De hecho el agua culpable aprende la primera qué atenerse. Ahí está, profundamente turbada, en un volumen relativamente considerable. Se encuentra desfigurada y privada de esa maravillosa limpidez y lucidez interior que le vale habitualmente su buena conciencia. Que le vale sobre todo, pensándolo fríamente, su costumbre de relegar ordinariamente, en su fondo o en su superficie, los cuerpos que vienen a visitarla; y esto en razón de una densidad bastante única que salvaguarda enormes cantidades de líquido.
Dándose el caso de que con las piedras, pro ejemplo, el agua actúa con una especie de indiferencia o de desenvoltura. Y aunque acaba por usarlas, no por eso se modifica. Deja caer inmediatamente al fondo las parcelas o fragmentos que arranca o conquista a su víctima; y así sus ojos pueden permanecer tan claros y tan fríos. Pero se decanta instantáneamente. Y aunque por cierto la lucha del agua con el guijarro es infinitamente más larga que con el jabón ¿puede decirse que es más difícil? El agua la prosigue como sin darse cuenta, sin interesarse, sin inquietarse y como maquinalmente. Tiene otras muchas cosas que hacer, y al mismo tiempo realiza bastantes otros deberes: lleva a cabo otras actividades, otras ocupaciones imperturbablemente. Nunca piensa que en esta lucha pueda ser vencida ni seriamente turbada. Como tampoco da la impresión de ello. Y aunque muy lentamente, aparece victoriosa en todo momento.
En cambio, le es bien difícil desembarazarse del jabón y de las huellas de su crimen. El jabón se venga de la humillación que le hace sufrir el agua mezlándose íntimamente con ella y desposándola de la manera más ostensible. Este huevo, este llano rodaballo, esta pequeña almendra, se desenvuelve rápidamente en pez chino, con sus velas, sus kimonos de anchas mangas, y así festeja sus bodas con el agua. Y allí mismo, y gracias a una prestigiosa puesta en escena, opera su confusión con el líquido y la desaparición de su forma en toda memoria. (Al mismo tiempo se disuelve la memoria de toda suciedad.) En cuanto a las aguas, quedan profundamente turbadas e impresionadas. Una enorme cantidad, como ya he dicho, desfigurada. Y seriamente castigadas, sólo conseguirán desembarazarse del jabón y de las huellas de su crimen gracias a un considerable aflujo de refuerzos en masa y de una agitación muy significativa de la emoción, de los remordimientos que siente, en fin, gracias a la cantidad. Recurriendo a la cantidad. Aquí es la cantidad quien ahoga la calidad, la vuelve indistinta, proporcionalmente (o relativamente) indiferente o insignificante. Insignificante, esto está dicho demasiado aprisa...
En este momento saquemos el jabón del agua y consideremos a cada uno de los dos adversarios.
Él, púdico, ocultándose, huidizo, secreto y heróico, dispensándose a un ritmo inquietante... lo que se llaa llevar una existencia disoluta...mal chico por pudor y dignidad...Circula, huye, hace mil payasadas, se cubre de velos y finalmente prefiere disolverse antes que dejarse sobar, antes que dejarse tragar unilateralmente por las aguas.
Puede suceder que lo perdamos y que tengamos que buscarlo a tientas, muy disminuído, medio fundido, reblandecido, ojeroso e irreconocible como quien ha "vivido demasiado". ¿Y vamos a lamentarlo? No por cierto. Aunque lo encontremos más pequeño, disminuido, extenuado a veces y adelgazado al máximo, la dignidad está a salvo...

En cuanto a ella, un enorme volumen turbado, desfigurada...
¿Quién es el vencedor de los dos?
Etc...

De El jabón.Traducción de T.Garín. Pre-Textos, 1977.

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char